Enviado el: 04/03/2013 18:44 por Tcastillo
Cuarenta y seis estoicos sillones –coronados con las letras del alfabeto– custodian un gran óvalo cubierto por un mantel verde. Gruesos diccionarios y manuales –bien encuadernados– comparten sin problema el desnivel de la mesa. Del techo desciende una lámpara –también ovalada– para esparcir su luz grumosa –amarillenta– sobre unas carpetas blancas. No hay ventanas. De las altas paredes cuelgan retratos –oscuros– de señores con peluca blanca y barroca vestimenta. Es jueves por la tarde y falta poco para que una sucesión de pasos firmes hagan rechinar el suelo de este amplio e histórico salón. Será a las siete y media –en punto– cuando la censora del pleno –se llama censora– toque una campanilla dorada –tilín, tilín– y marque así el inicio de la sesión. Entonces, más de una veintena de académicos que han venido hoy –muy bien trajeados, como siempre– ocuparán cualquier sitio en torno a la mesa y escucharán –en pie, con respeto, como desde hace 300 años– una oración en latín leída por el director –amén–. Luego, cuando todos estén sentados, el secretario leerá el acta con los acuerdos de la sesión anterior. Darán el visto bueno y quedará aprobada
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La asistenta